HISTORIA DEL CALZADO
RECOPILACIÓN A TRAVES DE LA HISTORIA
Sólo se permite la reproducción citando la fuente e
insertando el enlace a www.revistadeartes.com.ar
por Viviana Burbridge
Introducción
Hay muchos objetos que han acompañado al hombre a través
de la historia, algunos más esenciales que otros, pero cuando pensé en
recopilar información para remontar el recorrido de alguno de esos elementos,
el calzado me pareció uno de los más interesantes, no sólo desde el
punto de vista de la utilidad, sino porque reúne en sí mismo otros
contenidos más profundos que hacen a lo sagrado, lo simbólico, lo espiritual,
lo creativo, lo artístico y lo expresivo.
Si bien no ha cambiado tanto como uno podría suponer en
tantos siglos de historia, sí podemos encontrar hitos de creatividad – aunque
tal vez en detrimento de la comodidad y la salud- que nos hacen pensar que no
hay nada nuevo bajo el sol…
Las mujeres hemos cosechado fama de no ser
clientas fáciles de conformar a la hora de comprar zapatos, pero
históricamente los varones también parecen haber sido bastante caprichosos.
Generalmente por coquetería, para encubrir defectos o para
demostrar la importancia de su status social, también han dejado muestra
de sus veleidades.
Los invito a acompañarme en este recorrido paso a paso,
siguiendo infinidad de huellas a lo largo y a lo ancho de nuestro
planeta, durante más de veinte siglos.
del principio, hombres y mujeres van
descalzos y los rigores del clima los lleva a protegerse con toscos
envoltorios de pieles que amoldan como pueden al pie. No obstante en muchos
sitios la gente llana sigue descalza y en particular los esclavos. Que también
el calzado calza distinto a los ricos que a los pobres y es sobremanera, otra
de las señales de clase que marchan de forma paralela con las vestimentas.
Por los tiempos de la alta cultura egipcia el calzado es patrimonio de la
nobleza y sacerdotes. Después se generaliza el uso, pero en realidad las capas
desposeídas tardaron mucho tiempo en calzarse. Los egipcios, al igual que los
caldeos y babilonios usan sandalias. Estos últimos ya se atreven con una
especie de pantufla de buena terminación. Pero lo más interesante de estos
antiguos siglos es la singularidad de los tacones que usan los caldeos, alto y
triangular permitiendo cierto descanso al arco plantar.
La sandalia
es la que prevalece en todos estos pueblos y las cortan con exquisito gusto
artístico; y será este calzado el patrimonio de griegas y romanas. Por lo
regular las llevan sin tacón y las atan con un par de cintas que se cruzan por
el dorso y suben dando vueltas por la pantorrilla. Las de las griegas asumen un
primer arranque a partir del dedo gordo. Sobre todo, son funcionales y
por diez siglos antes de Jesucristo no presentan ornamento alguno, salvo en la
época de Homero en que las diosas calzan vistosos zapatos. Por otra parte
tampoco se repara demasiado en modelos, pues las túnicas son talares. Sin
embargo, las griegas tienen gracia al caminar y pronto toman conciencia del
gesto en que al deambular se descubre el pie por entre el reborde de la túnica
y se dan a la tarea de embellecer lo que debe ser visto. De la sandalia abierta
pasan a diseñar un zapato de mayor lujo y cerrado que envuelve la totalidad del
pie, como consecuencia de los aciertos alcanzados en domar el cuero. Usan una especie
de borceguíes que recuerdan las crepidas que los persas usan en los días
de lluvia. Y sobre todo surgen los famosos coturnos, de altas suelas y tacones
que tanto servían a un pie como al otro.
Pero el
coturno no hace su aparición para ser calzado por todos, sino solamente por
unos pocos. Los calzan las diosas, tal como se puede apreciar en las esculturas
del Partenón, entre ellas Minerva. No hay seguridad de que tales estatuas
pertenezcan, al menos en su totalidad, a Fidias (c.490-432 a. de J.C.) pues en
tal caso sería él quien los puso de moda. Al principio los coturnos solo
estaban permitidos a los actores, a la sazón, verdaderos personajes en Grecia.
Este calzado los elevaba por sobre los demás aunque lo disimulaban entre la
vestimenta y formaba parte de la tramoya para que no se viera el engaño. Estaba
puesto en estilo que la suela, unas veces de madera, otras de corcho, llegara a
medir la décima parte de la talla de los primeros actores trágicos, pues los de
reparto llevaban suela más delgada. Claramente se aprecia que el coturno
nace a lo grande y de allí viene aquello de alto coturno, cuando se hace
referencia a alguien de categoría elevada. En suma, se trata de un zapato de
lujo atado al privilegio.
De buena
factura y variedad de estilos era el calzado que usaban las matronas romanas,
las cuales en todo el atavío eran afectadas por el lujo que, por lo demás,
asumían como de clase. En suma, el calzado que había nacido para resguardar los
pies de la fragosidad del camino, pronto se une al vértigo vanidoso de las
galas y adornos. Por medio del calzado se demuestra el valor y calidad de
quien lo calza. El oro, la plata, las piedras preciosas, y los géneros
más sutiles aparecen en distintos sitios de los zapatos. Hasta hoy ha llegado la
fama de los zapatos de Heliogábalo y Tiberio que tachonan dorso y empeine con
oro y plata y sobre todo con innumerables cantidad de margaritas, semejando sus
zapatos, al igual que los de otros patricios y patricias una apreciada
conjunción de hermosos prados primaverales. En las correas de cuero bordan
dibujos de oro y plata que semejan estrellas y lunetas. Incluso los esclavos
libertos para olvidar su antigua condición aparentaban más que sus antiguos
amos, al punto que Marcial escribe que las correas “ recién compradas, caen
sobre las sandalias de lunetas plateadas, un fino cuero ciñe de púrpura su pie
sin apretarlo”.(1) Y se llega al extremo que tales adornos forman parte de un
lenguaje cifrado del amor y así los distintos dibujos y la estrategia en ubicarlos
estaba llena de escondidos y encendidos mensajes que orientaban los amores de
las damas. Y por ser originales llegan a situar estos ornatos en las
suelas a la manera de herradurillas, para que al marchar quede la
impronta en un largo reguero que recuerde su paso, y entre ellas, se acrecían
por ver quien las portaban de más valor.
No cabe duda
que los zapatos han sido de gran utilidad, pues mientras a unos servía
simplemente para caminar y defender sus pies, a otros, como Augusto, mediante
una gran suela lo aupaba sobre su corta talla. Del mismo parecer es Juvenal al
referirse al tema. Para él una dama lleva coturnos para no parecer pigmea. Por
el contrario, para los israelitas, el hecho de quitárselo y ofrecerlo a otros
significa y sirve de testimonio en la confirmación de ciertos negocios, tal el
caso de la redención de algunas viudas de las cuales se hacen cargo familiares
del muerto, como ocurre a la vuelta de Ruth en un precioso pasaje bíblico,
“entonces el pariente dijo a Booz: Tómalo tú. Y se quitó el zapato”,
(Ruth 4) y gracias al gesto y trato inviolable del zapato la moabita
encontró marido. Que no sería la primera vez ni la última que el zapato se
convierte en núcleo principal y personaje del amor. Pues así como por una
herradura se perdió un reino muchos siglos antes de que Cenicienta perdiera el
zapato y encontrara cobijo vuelto a su pie, aconteció que un águila volandera
portadora de un zapato entre sus garras, por razones inescrutables lo dejó caer
a los pies de un rey griego y como el zapato era de hermosa factura y gran
ornamento no dejaba de pensar en el pie ausente, al punto que despachó
emisarios por todo el reino dando noticia del hallazgo, hasta que apareció la
gentil dueña, doncella y nobilísima de nombre Rodopea con la cual casó. Famosas
eran las sandalias de Judith que asaz adornadas, a ningún moralista alborotó,
pues al decir de éstos cumplía con un fin noble; y mientras Holofernes no
acertaba a desviar los ojos de ellas, quedó sin cabeza.
Los
hispano-árabes son maestros en el arte de trabajar el cuero y los son también
en las labores del cáñamo y esparto. En la larga convivencia española se han
llevado alpargatas y babuchas que airosas inician por las puntas un suave
ascenso. Con el correr del tiempo las alpargatas serán sinónimo de trabajo y
para sus labores las llevan las capas más desprotegidas. La gran demanda debido
a su funcionalidad será suficiente para que los españoles que ya las conocían
desde inmemorial, dado los hallazgos en cuevas, empequeñezcan a sus maestros.
Por otra parte en este ir y venir de las culturas, que unas veces luchan a brazo
partido y que a la postre siempre se imbrican, hace que por un lado las
sandalias judías mejoren hechuras, gracias a que los zapateros judíos mejoran
el trabajo del cuero y ganan en prestancia y estilos. Otro tanto sucede con la
evolución del calzado por parte de arábigos y cristianos. Así, se puede
ver, que mientras por Toledo deambulan con vistosas sandalias judías, por
Asturias priman los calzados de origen visigodo. Romana es la costumbre
por La Rioja y sandalias, coturnos y botines se llevan por Castilla. En el Cantar
de Mio Cid aparecen los primeros zapatos al advertir que el héroe, calzas
de buen paño en sus cannas metiò, sobre ellas unos zapatos que a gran
huebra son. (2)
No cabe
duda, que de gran valor serían estos zapatos al afirmar que son de gran obra, y
esa sería por consiguiente la tendencia uniforme en el estilo de fabricar
zapatos, en que no solo se acrece la calidad, sino que cada vez es mayor el
lujo alrededor de la factura. El lujo, parte inamovible de preeminencia social
a la cual apuntará Alfonso X en las ordenanzas de Valladolid de 1228
sobre “el comer y el vestir”, que prohíbe a los moriscos, a la sazón
inmejorables artesanos, traer “ni zapatos blancos ni dorados”(3) Andando la
Edad Media los estilos cambian de modo poco perceptible pero con clara mejoría
de materiales y trabajo. Hay botitas que cambian la altura de la pierna o la
forma de ceñir con más gracia y soltura el empeine. Los zapatos, tan pronto
son, totalmente cerrados como se abren por adelante dando lugar a las botitas
llamadas boquiabiertas y todos adornados profusamente como se ha de ver en otro
artículo.
(1)
Marcial, Marco Valerio. Epigramas completos. Barcelona.1959.
(2)
Cantar de Mio Cid. Ed. de Ramón Menéndez Pidal. Espasa Calpe. Madrid.
1945.
(3) Guerrero
Lovillo, José. Las Cántigas. Estudio arqueológico de sus miniaturas. Madrid.
1949.